Nunca me había sentido tan seguro ni tan protegido, sabía que estaba en buenas manos, en las de alguien que me cuidaba. Estaba a mis anchas, en paz, tal y como se debe de sentir uno, cuando se está en el vientre materno.
La última semana fue nefasta y la mañana de ese sábado, ni pintaba para ser mi mejor momento, y peor se me fue haciendo conforme avanzó el día. Por más que traté de subir las endorfinas en el gimnasio, y con un desayuno de carbohidratos, nada. Así que, llegando el hambre y la tarde, me fui a la Estación, al restaurante cerca del mercado de Mixcoac, ahí ya me conocen, y en donde también, Iván (el terrible) me atiende, y me arrima cerveza y tequila, el paquete básico de supervivencia, sin que yo se lo pida. No me hago del rogar.
Así empezó el intento de levantar la moral. Mala cosa el de tratar de arreglar los asuntos del alma con alcohol. No escarmiento. Pero es que cuando se junta lo malo con lo peor (la caca con la mierda), ni a quién recurrir.
Aún no me recupero de la reciente muerte de mi mamá, y la semana no estuvo fácil. En la oficina hubo recorte de personal, yo la libré por los pelos, pero no así varios de mis compañeros y amigos. Y ya sé lo que se viene: otro recorte y luego, a los que quedemos, nos bajarán el sueldo. No será la primera vez. Ayer me quedé sin coche, de repente no quiso jalar, “se sobrecalentó, a ver si no se pegó la máquina” pronóstico fúnebre del tuercas, ni pedirle presupuesto. El miércoles Claudia me pidió que nos diéramos un tiempo, “que no soy yo, que es ella”, que vamos muy de prisa, y pues según su pensar, será mejor que nos dejemos de ver un tiempo. Como dijo José José, “ya lo pasado, pasado”, ni hablar, eso ya está más muerto que Paco Rabanne. Y por si hubiera sido poco, en la noche que llegué al depa, encontré toda la sala y mi cama cagadas, algo le cayó mal a la Lucy (mi perrita), pura diarrea.
Se supone que el sábado es para descansar del trabajo y, si se puede, reventarse, aunque sea leve. Yo me encontraba desolado, no me sentía ni para lo uno, ni para lo otro, no pude dormir, nada más piense y piense, ninguna pinche meditación fue buena. Me paré a eso de las tres o las cuatro de la mañana, a lavar sábanas, a limpiar la casa de cagada, a correr, al veterinario y al súper. Nada fue suficiente para paliar mi dolor. Pasado el medio día, hice cuatro llamadas para dar consuelo a los camaradas despedidos, pero no soy bueno para eso, creo que ellos me transmitieron su tristeza y angustia. Lloré varias veces.
La única buena noticia fue que la diarrea había parado, sirvieron las peptos que le retaqué a mi niña. “Algo echado a perder, comió la perrita” dijo el veterinario de la Pet and Co. quien cobró más caro que un cirujano plástico por un implante de chichis. “Yo me trago hasta lo que ya está enlamado y no me hace daño” pensé, pero mi Lucy tiene el estomaguito delicado, sí me preocupó.
Bueno, y pues para paliar todos los hechos relatados es que terminé en la Estación.
- ¿Qué milagro mi escritor? Si te sientes como te ves, estás jodido—, me soltó la Lupe, recepcionista del restaurante, con quien ya he intercambiado saliva varias veces, por eso es que me conoce bien.
- ¡Ay Lupita, hoy dame una mesa en la ventana, para voltear a la calle y nadie me vea que estoy chillando! —mi amiga no lo creyó, así que me asentó en la mesa de siempre, a la vista de todos, la que me gusta, pues desde ahí domino todo el lugar y me entero de pleitos y celebraciones entre parejas, y pues de ahí tomo ideas para escribir mis cuentos. Hoy no era ese el caso.
Debo hacer una precisión. Me había prometido no regresar a la Estación, pues cada que voy a comer, salgo a medios chiles, por las cervezas, los tequilas, el vinito, y las cubas de Apleton State, esas que van por cuenta de la casa. Pero hoy el día lo ameritaba, el cuerpo lo reclamaba; y pues no hay predicción que no se cumpla. Nuevamente, salí del local “alumbrado” cuando ya estaba oscuro, creo deben haber sido entre las nueve y las diez de la noche. Chispeaba.
—No, hoy no mi niña linda, hoy no creo ser una buena compañía —recuerdo haberle dicho a la Lupita, quien solícita como siempre, se ofreció a hacerme compañía.
—Ay es que no se que me da dejarte ir así —hizo el último intento— me hablas cuando llegues a tu casa.
—Ya vas mi Lupita —todavía le di un besote tronado en el cachete—.
Apenas llevaba unas dos calles andadas, atravesando una incipiente lluvia, cuando me topé con un incidente. Dos policías trataban de dialogar con cuatro enfiestados que rayaban los cuarentas bajos, una gorda y tres chavos. El alegato estaba en su momento más álgido.
—No, señorita, ya le dije —el policía hablaba en tono consolatorio—, es solo para corroborar que no anden armados, es por su propia seguridad.
- ¡Qué seguridad ni que ocho cuartos! Lo que ustedes quieren es “sembrarnos” una pistola y droga. ¡Ni madres!, no nos van a esculcar —yo observaba a distancia, lo necesario, según lo creía, para pasar desapercibido a los bélicos actores del alegato, pero lo suficientemente cerca para enterarme bien del chisme.
Los tres acompañantes parecían no darse cuenta del altercado, platicaban animados entre sí, mientras la gorda se batía, ella solita, con los guardianes del orden, estaba en modo fiera.
— ¡Ni madres ya les dije! No me van a meter mano. Cochinos, libidinosos. ¡Licenciado usted es testigo! —Me señaló con un movimiento de cara. Sus gritos podrían espantar a cualquiera que caminara a un kilómetro de distancia, así que de nada sirvió que me fingiera el desentendido, hice un movimiento afirmativo con la cabeza y abrí los brazos como diciendo a los policías “mejor déjenlos ir”. Así, todo eso les dije solo abriendo los brazos, y tal parece que compraron la idea.
—Está bien, se pueden ir, pero sin hacer escándalo —en verdad los polis eran buenas personas, que no los hay ya muchos—.
—Uyyyy sí como no, ni en mi casa me avientan tantos consejos, váyanse mucho a la chingada, aprovechados — hice una mueca a la gorda, y abrí las palmas de las manos como agarrando un par de chichis, tratando de decirle, ya párale mi buen o te van a cargar. Me hizo caso también.
Con el universal gesto, levanté el brazo, y me dije adiós desde la distancia con los polis, agradeciendo su buen gesto, decidido a retomar mi camino.
—Pérate manito, no te vayas —la gorda se atravesó la calle sin mirar si venía auto, afortunadamente a esa hora el tráfico era ya mínimo— gracias por hacerme el paro guapetón.
—No hay de qué —la verdad, yo no había hecho más que puros gestos— un día por ti, otro por mí.
Ya de cerca la mujer era aún más impresionante, una cara más chistosa que bonita, así son las gordas, un poquito más baja que yo, vocerrón de barítono, nada que agregar a lo ya anotado respecto a su voluminosa carrocería. Si fuéramos boxeadores, ella estaría en la división de los de Muhammad Ali y yo con los del finito López. Fácil me sacaba 50 kilos de ventaja. Con justa razón los polis la habían dejado en paz.
Sus tres amigos seguían platicando a gritos al otro lado de la calle, ni cuenta se habían dado de cómo su botijona amiga, se había batido como leona de melena negra en contra los dos escuálidos uniformados. Por supuesto, para sus acompañantes yo no pintaba en la historia, hasta el momento no había aparecido en su universo. A esas horas, era tan alto su nivel etílico, que se habían olvidado ya hasta de su comparsa.
—No manito, estoy segura de que te vieron la pinta de funcionario y eso siempre los espanta —empezamos a caminar con rumbo al norte, yo al depa— ¿Pa’ donde vas carnalito?
—Para mi casa —hice la señal de “para allá adelante” con el brazo extendido— ¿Y ustedes?
—Pues yo al Farol, ya no sé si mis compas me vayan a acompañar. Vente carnal, te invito ahí una chela, digo, en agradecimiento, no me vayas a malinterpretar —sin darme tiempo a decir “no gracias, ya cumplí con mi cuota”, me tomó del brazo, lo acomodó entre su fuerte extremidad y uno de sus muy abultados y carnosos senos—. ¿Siempre eres así de serio?
—No, para nada, pero el día de hoy no tengo nada que festejar —en ese momento reflexioné, diría que me pasó una película, en que me vi durante varios meses sin reír, apesadumbrado, siempre preocupado por algo. Pero, sobre todo, sintiéndome muy solo. Esa noche dejaría que me ganara la risa, y la gorda parecía ser una garantía—. Ora pues vamos, pero con la condición de que yo te invito.
La señorita no era mayor, ya de cerca aparentaba andar en los treintas, por supuesto no le pregunté su edad, podía existir el riesgo de que me revirara preguntándome la mía, y ese no sería un buen comienzo.
—Y ¿Cómo te llamas? Yo soy Pedro —pregunté y afirmé, como para romper el silencio momentáneo—
—Penny Lane, me contestó volteándome a ver con sonrisa y mirada que abundaban en coquetería —nos frenamos, me le quedé viendo a los ojos, entrecerrando los míos, tratando de adivinar en su rostro si me estaba vacilando. Nuestras caras estaban tan cerca que creo, ella pensó le iba a dar un beso. Me ganó una risa inútilmente contenida. La salpiqué de saliva—.
—¡Ay perdón! —limpié nervioso la saliva de su rostro—. Pero ese es nombre de calle, o de canción —afirmé entre carcajadas— Y yo soy Eje Central, no mejor Ringo Starr —en mal momento me salió el sarcasmo que, en mi caso, es lo que un Te Deum para el papa. Soy digno alumno del maestro Monsiváis; Salvador Novo me queda chiquito, herencia de la difunta Gloria, mi madre que de la gloria del Señor goza y que ya ha de estar haciendo ironía de ángeles y querubines—.
Silencio sepulcral…
—¡Así me llamo, pendejo! —sus ojos, hacía segundos brillantes como estrellas matutinas, se convirtieron en fuego del averno maldito. Me fulminó con la mirada. Pensé en librarme de su fuerte brazo y pegar la carrera. Imposible. Estaba en mortal aprieto, empecé a sudar del puro nervio, así como lo debió haber hecho Sansón, atado con cadenas a las columnas, viendo acercarse a Dalila, con las tijeras del jardinero en mano, así como se narra en el Libro de los Jueces del Antiguo Testamento.
—Perdón, perdón —repetí unas cinco o seis veces, traté de ponerme de rodillas suplicando clemencia, pensé en los policías, gritar, llorar… no me podía liberar de su brazo—. Que bonito nombre, muy dulce. ¿De quién fue la idea, de tu papá o de tu mami? —balbuceé—.
—Mejor cállate, pendejo ya me hiciste encabronar—, seguimos caminando sin hablar. Yo después de unos minutos de embarazoso silencio, aún nervioso, empecé a cantar sin querer, en voz baja “… Is in my ears and in my eyes, tu tu turu, tu tu”…— los dos nos carcajeamos, nos dimos un abrazo, yo aún temblaba. Me dio un besote sin que yo pudiera mover los labios, quedé sin respiración, no por otra cosa, sino por la fuerza con que me estrujaba y el volumen de su pechugón.
Seguimos nuestro camino. “Penny lane, there is a Barber showing photographs”… seguí cantando a pesar del riesgo mortal que eso implicaba, me la jugué el todo por el todo, hacía mucho tiempo que no me sentía así. ¿Cómo me sentía en ese momento? No lo sé… diferente, contento.
—¡Quiúbole doña Penny, bienvenida a esta su casa!
Tras la llamada en clave, se oyó una voz detrás de la ventanita que se abrió tímida y furtiva. Así recibieron a mi corpulenta amiga en el Farol, el oscuro bar clandestino que navegaba entre disco y prostíbulo y que olía a miados. Para ese momento, mi compañera me llevaba, más bien me manejaba, abrazado por la cintura. Yo me dejaba mover como cuando se mete uno al mar, y se deja balancear por el vaivén del oleaje, flotaba como al ritmo del vals sobre las olas. Así, a pesar de que ya se me había bajado el pedo, me sentía. Como Nuyéreb.
5 de julio de 2024
Y pa’ pronto, los diligentes meseros que se cargan una mesa y dos sillas y nos acomodan casi a la mitad de la pista, se ve que la gorda es reconocida en estos lugares.
—A chingao, pensé. Algo no me cuadra.
—¿Qué le vamos a traer doña, lo de siempre? —a caray, ¿como que doña? El personal se dirigía a mi robusta compañía con marcado respeto y deferencia— ¿y a su amigo?
—Lo de siempre, pero no nos vayas a dar del adulterado, tráeme la botella que tengo sobre el escritorio —a cabrón, ¿pues que está pasando?, no dije nada, no la fuera a cagar otra vez— ¿Si quieres tequila verdad bebé?
¿Bebé? Volteé a ver a quién le estaba hablando, sorprendido…
—Te hablo a ti pendejo —era la tercera vez que me pendejeaba en menos de media hora, ya estaba bueno, me salió la dignidad—.
—Si claro, pero que sea acompañada con unas coronitas por favor —hablé con voz de mando, como para que escucharan todos en el lugar. No faltaba más… habría que dejar la dignidad para más tarde—.
—Es mi negocio carnalito, bonito verdad. No vendemos droga, cada quien trae la que va a consumir, solo mercamos alcohol —entendí entonces por qué la policía la había tratado con tal deferencia. La gorda debía estar bien parada en la delegación, me sentí ridículo—.
—No, pues está de poca —mis ojos se habían acostumbrado ya a los flashazos de luz tipo disco de los 70’s, así que hice un rápido recorrido por el breve universo que nos rodeaba. Abundaban las finísimas personas: mal vivientes, drogos, indigentes, facinerosos, chicas de compañía, los meseros lucían cada uno un cuchillo cebollero a la cintura. A esa hora bien borrachos, todos más que yo—.
Tomamos cuatro, o cinco, o seis tequilas, en verdad del bueno, con sus respectivas chelas. Ni cuenta me di, cuando ya estábamos moviendo el bote a mitad de la pista al ritmo stayin’ alive de los Bee Gees, y pues yo me lucía imitando al Travolta, y luego Caballo Dorado, esa rola que tocan en las bodas, todos pa’ delante y luego todos, al mismo tiempo, pa’ atrás, y para un lado y luego al otro, aplauso. Poca madre, puro ritmo. La pista estaba a reventar, la gorda ocupaba más de la mitad, pues bailaba con sus impresionantes brazos abiertos, a la Gloria Gaynor, como queriendo volar, imposible. El lugar vibraba de buena onda, y el amor flotaba en el aire. Que bien me sentía. Luego vino el rock and roll, y después, ya acaramelados, balanceamos nuestros cuerpos al son de los Ángeles Azules. A esas horas, mi robusta pareja, hacía uso de su fortaleza para mantenerme bien apechugado, y de vez en vez, me regalaba con besos salivones.
Nunca he sido chillón, pero ya de regreso a nuestra mesa de pista, ni cuenta me di cuando ya teníamos a un trío cantándonos esa rola del Buki mayor, y que me llega en el alma bien gacho: “te extraño más que nunca y no sé qué hacer… si no te hubieras ido sería tan feliz…” y que me acuerdo de mi mamá, de mi Lucy y de mi coche, y pues que se me ruedan por los cachetes, unas del apóstol san Pedro.
—¿Qué pasó mi buen, por qué esas lágrimas? Sí nos la estamos pasando de pocas tuercas.
Yo ya estaba encarrerado, y pa’ pronto, entre sollozos, que me suelto y le hago un breve recorrido de mi vida en los últimos meses, casi un año. Por prudencia obvié lo de Claudia. Le conté de mi soledad, y de mi empleo, de mi mamá, y lo de mi coche. La conmoví de tal manera y a tal grado, que no tuvo más remedio que limpiarme los mocos con el mantel, y atraer mi cara, en amoroso abrazo, justo a donde se unían sus senos. Me soltó cuando empecé a manotear sus carnosos pechos, no me permitía respirar.
—Por tus compas no te preocupes, diles que aquí tienen chamba, y pues tu jefa ya está en el otro mundo, debe haber sido buena onda la señora, y ha de estar, entre angelitos panzones encuerados, en el cielo.
En esa estábamos bien acaramelados, cuando de repente… ardió Troya.
—¿Quién es este pendejo? — y pa’ pronto que volteo, pues ya sentía como mío el calificativo—.
Más tardé en ver a quién preguntaba por mí, cuando ya tenía yo la cara mirando para el otro lado debido al cachetadón, a mano volteada, que recibí sin decir agua va, y que mandó mi escuálido cuerpo bajo la mesa de junto. Horas más tarde, me enteraría de que, en otros tiempos, mi agresor había sido quelite de la gorda, quien más ágil que una gacela, agarró por los huevos al gorila que me había golpeado, y de una mordida le arrancó una oreja.
Más dilataron los guaruras de mi agresor en lanzarse sobre la timbona, que los meseros agarrarlos a sillazos. Mi gorda seguía golpeando sin piedad a su ex, lo pateaba ya en el suelo, el cobarde chillaba. Las botellas volaban por sobre las cabezas, el pleito se generalizó. Aún mareado por el golpe, yo observaba valiente la escena desde bajo de la mesa. Sangraba abundantemente por la nariz y por el hocico, lo cual me regalaba el look de Mel Gibson en “Corazón Valiente” cuando lo tenían ya bien madreado en el cadalso.
Traté de salir para auxiliar a mi leona de pintura de Botero, que se batía feroz, pero ella sonreía, parecía estar gozando con el ardor de la bronca. “No salgas, pendejo” (otra vez… que le vamos a hacer), me gritó mi amiga, te van a partir la madre “¿Otra vez?”, pensé. Me empujó con una mano mientras, con la otra, levantaba por el pescuezo a un rival, en momentos cuando ya no se sabía quién era amigo y quién estaba en el bando de los malos.
Se escucharon sirenas.
—Vente bebé —me levantó casi en vilo y me jaló para su oficina. Parecía muy excitada— todo esto me enciende cabrón, ¡Hazme el amor! ¡Cógeme! —No era una petición, fue una orden. Yo también estaba caliente—.
Nos encueramos a zarpazos, y pa’ pronto nos lanzamos sobre la piel de oso albino que hacía las veces de alfombra. No sé cuánto tiempo estuvimos retozando. Al principio, escuchaba al otro lado de la puerta, gritos y amenazas, botellazos y vidrios rotos. Alboroto que poco a poco fue disminuyendo, ni caso. Horas más tarde, ella dormitaba como recién nacida, yo trataba de reconstruir los hechos de ese día. Sus calzones me servían como cobija, estaba tranquilo. Nunca me había sentido tan seguro ni tan protegido, sabía que estaba en buenas manos, en las de alguien que me cuidaba. Estaba a mis anchas, tal y como se debe de sentir uno, cuando se está en el vientre materno.
Para celebrar, nos casamos al año de tan memorable evento. A elección de mi gordis, la boda se llevó a efecto en la Villa de Guadalupe, y por supuesto, la fiesta en el Farol. Bailamos al ritmo de “no rompas mi corazón” y “payaso de rodeo” de Caballo Dorado.
Al día de hoy, llevamos ya tres años de ser marido y mujer. Un par de mis cuates aún trabajan en el Farol. Mi baloncito playero administra el negocio, yo me hago cargo de la casa, la comida, y cuido de los gemelos (Eleanor Rigby y Freddie Mercury. Yo elegí el nombre del niño) y en mis ratos libres me dedico a escribir.
Nunca he sido tan feliz, me cae.
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